lunes, 6 de octubre de 2014

La madurez

Todos hablamos de que hay que ser maduros, que hay que crecer tanto mentalmente como físicamente. Siempre he estado un poco obsesionada con ese tema, ya que solía hablar con gente que me repetía lo inmadura que era, y eso hacía que me preguntara muchas veces: ¿tan bueno es madurar? 

Hablamos como si supiéramos la verdad absoluta de todo y nos autoconvencemos de que lo que dice la mayoría está bien. Por eso, cuando la gente habla de que hay que madurar, me pongo un poco escéptica y pienso: ¿y si no? No digo que haya que tener pataletas por no tener la última videoconsola en tu casa, ni de comportarte como un niño de dos años. Sin embargo, hay cosas que los niños saben apreciar y que con el tiempo se va perdiendo: la fascinación por alguna flor que se encuentra en su calle, la facilidad que tienen para relacionarse o el disfrute y la felicidad que provoca una simple caja de cartón. Cuando crecemos, perdemos cosas tan básicas y útiles,  cosas que nos hacen únicos, para convertirnos en adultos "ejemplares" que van a trabajar todos los días a ganar dinero que después nos gastamos en cosas que realmente ni nos gustan ni necesitamos, y hay veces que ni llegamos a gastar porque no tenemos tiempo.

Yo soy muy insegura, me suelo ver inferior a las otras personas, sobre todo a raíz de ciertas situaciones en el pasado. Pienso que no soy lo bastante adulta como para estar rodeada de gente mayor que yo, intento madurar de golpe, comportarme como lo que llamamos un adulto y eso hace que pierda cosas que me hacen ser como soy. 

A mi me encanta ir a la feria, no a beber como si no hubiera mañana, sino a montarme en todos los cacharros que haya. Me encanta jugar a los videojuegos y me encanta ver dibujos japoneses. Me encanta estar en pijama todo el día, encerrada en casa, viendo una serie. Me encanta ir a las convenciones de cómics y me encanta hacerme fotos con la gente que va disfrazada. Me encanta viajar a cualquier sitio. Me encantan mis amigos, aunque sean a veces un poco niñatos en algunos aspectos. Me encanta dormir hasta tarde y me encanta echarme la siesta. Me encanta jugar con legos y con coches teledirigidos. Pero todo eso lo pierdo. Pierdo hasta la ilusión por cualquier cosa y pierdo el tiempo en cosas que ni me interesan, solo para caerle bien a un grupo de personas estiradas que ni siquiera son determinantes en mi vida.

Hay veces que nos obsesionamos tanto con madurar que perdemos el norte y dejamos de ser quienes somos. 

Madurar no es comportarte como una persona X años mayor que tú, madurar es tener las cosas claras y saber quién eres, hacia dónde quieres ir, qué es lo que quieres. A partir de ahí, lo que hagas o dejes de hacer no te hace más o menos maduro, te hacen más o menos feliz.

La canción de esta entrada es: